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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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El hermano amargado 




Mayo 3 Como Pedro, Miguel y Tomás Jiménez se lo relataron a Misión 



México 



Pedro entró malhumorado a la casa. 
Tenía el rostro desfigurado por el 
enojo y el odio. «¡Si alguna vez vuelvo a 
ver a Miguel, lo voy a matar!» — exclamó 
con rabia. Buscó su rifle y lo revisó para 
asegurarse de que estuviera cargado. 

— Pedro, por favor no vayas a herir a 
nadie — le suplicó su esposa. 

Pedro la ignoró y volvió a guardar cui- 
dosamente el fusil en el armario. 

Años de enojo, años de angustia 

Pedro y Miguel son hermanos. Viven 
cerca el uno del otro, a la orilla de un lago 
en el sureste de México, donde se ganan 
la vida como pescadores. Ambos eran 
hermanos muy unidos, hasta que Miguel 
traicionó a Pedro y éste juró vengarse. 

Sin embargo, una semana más tarde, 
Pedro escuchó una voz que lo reconvino 
diciéndole que no era bueno lo que pla- 
neaba hacer. Pedro le quitó las balas al 
fusil, pero rehusó perdonar a su hermano 
por lo que le había hecho. Durante más 
de dos años alimentó su odio contra 
Miguel y le advirtió que se mantuviera 
alejado de él. Miguel sabía que Pedro le 
quitaría la vida si encontraba la oportuni- 
dad. 

El mediador 

Tomás es mayor que Pedro y Miguel. 
Los dos hermanos lo respetaban. Varios 
años antes Tomás se había convertido a la 
fe adventista. Diariamente oraba pidien- 



do a Dios que le mostrara lo que debía 
hacer para reconciliar a sus dos hermanos 
más jóvenes de modo que abandonaran 
su enojo y evitaran el derramamiento de 
sangre. 

Dos año después que comenzó la ene- 
mistad, Tomás invitó a Miguel a que asis- 
tiera a las reuniones evangélicas que la 
iglesia estaba dictando. En esos días 
Miguel contrajo matrimonio y deseaba 
hallar paz para su vida. El, en compañía 
de Lucila — su esposa — , asistieron a las 
reuniones. Ambos se sintieron atraídos a 
Cristo, y el pastor los visitó invitándolos 
a darle sus corazones a Dios. Era eviden- 
te que Lucila y Miguel anhelaban tener 
vidas transformadas. Pero Miguel se mos- 
tró intranquilo durante toda la visita. Por 
fin confesó: 

— Deseo ser bautizado, pero tengo un 
problema con mi hermano. 

El pastor observó que Miguel estaba 
llorando, y le preguntó cómo podía ayu- 
darlo. Miguel le explicó que le había 
hecho mucho daño a su hermano; que 
Pedro todavía estaba enojado con él y 
seguía con planes de matarlo. El pastor 
ofreció hablar con Pedro referente al pro- 
blema. 

Después el ministro le pidió a Tomás 
que lo acompañara a visitar a Pedro. 

— Si pretenden hablarme de Miguel, 
olvídense — dijo Pedro de mal modo. 
Pero movido por el respeto que le tenía a 
Tomás, accedió en escuchar al pastor. 



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El pastor invitó a Pedro para que asis- 
tiera a las reuniones evangelizadoras. No 
obstante se negó a ir, y además rehusó 
permitir que su esposa, Ernestina, asistie- 
ra. Tomás le suplicó a Pedro que perdo- 
nara a su hermano. 

— ¡No, nunca! — rugió Pedro. 

— ¿Podemos orar? — preguntó el pas- 
tor. 

Pedro asintió con la cabeza. Pero cuan- 
do el ministro le pidió a Dios que le diera 
a Pedro un corazón perdonador, éste juró 
que jamás perdonaría a Miguel. 

Un sueño y un deseo 

Después que Tomás y el pastor salie- 
ron de su casa, Pedro hervía de rabia. 
Quería emborracharse, pero no pudo; 
trató de comer, pero no sintió apetito. 
Su enojo le carcomía el alma. Frustrado, 
entró desesperado a su recámara, cayó de 
rodillas y oró: «¡Dios, perdóname! Este 
odio contra Miguel nos está dañando, a 
mí y a mi familia. Por favor cambia mi 
vida y mi corazón.» Esa noche estuvo 
inquieto durante horas en su cama, hasta 
que al fin se durmió. 

Soñó que él y Tomás estaban en su 
bote pescando, cuando un tremendo 
trueno reventó de repente rasgando el 
cielo. El rayo hirió la tierra, y los ángeles 
volaron a la tierra por el cielo abierto. 
Entonces escuchó una voz que le decía: 
«Si hubieras perdonado a Miguel, enton- 
ces Dios habría podido perdonarte.» 

Pedro se sintió irremisiblemente per- 
dido. Entonces un hombre vestido con 
una túnica blanca le anunció: «Jesús 
viene pronto. Vé y pide perdón.» Pedro 
despertó llorando. Estaba convencido de 
que Dios deseaba que perdonara a su 



hermano. Pero, ¿sería él capaz de hacer- 
lo? 

Al día siguiente Pedro le indicó a su 
esposa que esa noche asistirían a la reu- 
nión de evangelismo. Cuando entraron, 
Pedro divisó a Miguel y su esposa senta- 
dos al otro lado del salón. Cuando el 
pastor invitó a que pasaran al frente los 
que deseaban entregarle sus vidas a Dios, 
ambas parejas caminaron hasta la plata- 
forma. Al término de la reunión el pas- 
tor se entrevistó con los hermanos y les 
dijo: 

— Pedro, Miguel anhela de todo cora- 
zón pedirte que lo perdones. Miguel, 
aquí está Pedro. Antes que Dios los 
pueda perdonar, ustedes dos deben per- 
donarse mutuamente. 

Miguel le pidió perdón a Pedro por 
haberle causado tanto daño. Pedro acep- 
tó el arrepentimiento de su hermano, y 
le pidió perdón a Miguel por haberlo 
odiado con tan malos deseos de vengan- 
za. Y ambos hermanos se abrazaron 
sollozando como niños. 

Pedro y Miguel hicieron una fiesta 
con el fin de celebrar su reconciliación. 
Los dos hermanos y sus esposas se bauti- 
zaron juntos. Los que habían sido ene- 
migos, nuevamente eran hermanos: her- 
manos de sangre y hermanos en Cristo. 
Ahora Miguel y Pedro, con sus esposas, 
participan en la dirección de un grupo 
pequeño de evangelismo y estudian la 
Biblia con doce familias. 

Parte de las ofrendas de este decimoter- 
cer sábado se destinarán a la construcción 
de templos para muchas congregaciones 
del centro y sur de México. Gracias por 
sostener los brazos de los creyentes de la 
Unión Mexicana Interoceánica. 



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